
Lejos de mi país, incursioné inútilmente (debo decirlo), en la camaradería. Fui moza, waitress, mecera...como quiera llamársele, durante dos largos días y medio. Felizmente, luego encontré un trabajo en el cual no tuviera que sufrir por si daba algún "traspié".
Una pequeña acotación: La de la fotografía lleva mal la bandeja.
He aquí mi experiencia:
Diagnóstico de una aprendiz de Camarera
Os voy a contaros mi experiencia como camarera por dos días. Y no es que no haya querido seguir experimentando este oficio, y es que no place mucho el sacrificio del día a día, hora a hora, mesa a mesa, copa y copa, chupito a chupito o propina insospechada.
Camarera, viene de camaradería, seguramente, y para honrar tal significado precisaros de muchos detalles. Primero, lucir un uniforme con garbo y elegancia, aunque éste no refleje dadas cualidades. Segundo, tener en cuenta: mesa, cubiertos, cucharas de sopa, cucharitas de café o cucharillas de postre, el cuchillo de carnes, de pescado o el que se requiere para cualquier apetecible menú “obrerocasero”, tenedores, para coger cualquier comestible no extravagante o para postres ricos en calorías y grasas, que el cliente desconoce; qué va a la derecha, qué va a la izquierda, qué va al centro o qué no va nunca en ningún lado y de ningún modo; las servilletas, el doblaje...
Además están las copas, las de agua, las de vino, para los expertos que dicen llamarse catadores, o los vasos para alguna cerveza, con alcohol o sin alcohol, para algún coñac, o algún licor que se expone como invitación o aperitivo, claro que éste no puede ser uno muy exquisito, vale decir caro, no en vano es invitado o cortésmente ofrecido, esto no sería “rentable”, aunque sí “estratégico” para reteneros.
Detrás de los detallitos está el que sirve, el camarero o la camarera, quien paciente o no, soporta horas de trabajo respirando café, licor y cigarrillos que siente y no apetece, y si le apetecen, pues no puede sentirlos.
A nadie parece importarle quién extiende su brazo para alcanzarle un plato, o para recogerlo, para llevarse sus sobras o para limpiar sus indelicadezas. A nadie parece importarle que ese ser humano va más allá de su camisilla odorífera a parrilla, entrecot o pudín.
La camarera, de lunes a domingo, y de domingo a lunes, sabe llevar bien una sonrisa, fingida o sincera, justificada por el fin: la propina esperanzadora, el incentivo que los dueños creen debe contentarla para no exigir un mejor salario, y que en ocasiones ellos mismos, cual impuesto añadido, cobran junto con la cuenta, y adentran en sus bolsillos.
Roxana, una rumana, de 18 años, que conocí en estos días novedosos y gratificantes, no se ve en un futuro ejerciendo otra labor, y digo LABOR con puño mayúsculo, que la de ser camarera, sueña con convertirse en camarera profesional. Y de seguro lo logrará. Yo viendo desde mi prisma un horario agotador, de 1 de la tarde a 3 de la mañana, y ella que trabajaba desde cinco horas antes, prácticamente ella abría el local, le hice una ingenua y humanamente mortal pregunta: “y, ¿no te cansas?”, ella, con un respiro enternecedor me respondió sabiamente: “soy feliz siendo camarera”. No había duda alguna que ella llevaba la camaradería en las venas, muy insertadamente, y que además me dio una lección que desde entonces guardo para centrarme: Si eres feliz, lo demás es solo añadidura.
Kamira, gracias por las clases de árabe, fue genial conversar contigo camino a casa, aunque no nos entendiéramos.
Os voy a contaros mi experiencia como camarera por dos días. Y no es que no haya querido seguir experimentando este oficio, y es que no place mucho el sacrificio del día a día, hora a hora, mesa a mesa, copa y copa, chupito a chupito o propina insospechada.
Camarera, viene de camaradería, seguramente, y para honrar tal significado precisaros de muchos detalles. Primero, lucir un uniforme con garbo y elegancia, aunque éste no refleje dadas cualidades. Segundo, tener en cuenta: mesa, cubiertos, cucharas de sopa, cucharitas de café o cucharillas de postre, el cuchillo de carnes, de pescado o el que se requiere para cualquier apetecible menú “obrerocasero”, tenedores, para coger cualquier comestible no extravagante o para postres ricos en calorías y grasas, que el cliente desconoce; qué va a la derecha, qué va a la izquierda, qué va al centro o qué no va nunca en ningún lado y de ningún modo; las servilletas, el doblaje...
Además están las copas, las de agua, las de vino, para los expertos que dicen llamarse catadores, o los vasos para alguna cerveza, con alcohol o sin alcohol, para algún coñac, o algún licor que se expone como invitación o aperitivo, claro que éste no puede ser uno muy exquisito, vale decir caro, no en vano es invitado o cortésmente ofrecido, esto no sería “rentable”, aunque sí “estratégico” para reteneros.
Detrás de los detallitos está el que sirve, el camarero o la camarera, quien paciente o no, soporta horas de trabajo respirando café, licor y cigarrillos que siente y no apetece, y si le apetecen, pues no puede sentirlos.
A nadie parece importarle quién extiende su brazo para alcanzarle un plato, o para recogerlo, para llevarse sus sobras o para limpiar sus indelicadezas. A nadie parece importarle que ese ser humano va más allá de su camisilla odorífera a parrilla, entrecot o pudín.
La camarera, de lunes a domingo, y de domingo a lunes, sabe llevar bien una sonrisa, fingida o sincera, justificada por el fin: la propina esperanzadora, el incentivo que los dueños creen debe contentarla para no exigir un mejor salario, y que en ocasiones ellos mismos, cual impuesto añadido, cobran junto con la cuenta, y adentran en sus bolsillos.
Roxana, una rumana, de 18 años, que conocí en estos días novedosos y gratificantes, no se ve en un futuro ejerciendo otra labor, y digo LABOR con puño mayúsculo, que la de ser camarera, sueña con convertirse en camarera profesional. Y de seguro lo logrará. Yo viendo desde mi prisma un horario agotador, de 1 de la tarde a 3 de la mañana, y ella que trabajaba desde cinco horas antes, prácticamente ella abría el local, le hice una ingenua y humanamente mortal pregunta: “y, ¿no te cansas?”, ella, con un respiro enternecedor me respondió sabiamente: “soy feliz siendo camarera”. No había duda alguna que ella llevaba la camaradería en las venas, muy insertadamente, y que además me dio una lección que desde entonces guardo para centrarme: Si eres feliz, lo demás es solo añadidura.
Kamira, gracias por las clases de árabe, fue genial conversar contigo camino a casa, aunque no nos entendiéramos.

