
La mujer había sido enviada a aguardar en su habitación, pero se quedó a observar las escenas del "arreglo" desde la ventana del pasillo superior. El hombre le había dado unas últimas indicaciones al sujeto que iba de conductor, hizo un ademán de despedida y con aires de poco brío se fue adentrando en la mansión.
Ella lo vio y corriendo llegó a la habitación, se despojó del abrigo y demás ropas y se enfundó el pijama. Vertió agua en dos copas y se sentó en el diván para desmaquillarse.
Sacó del bolsillo el sobre, desconfiado de contar con la suma acordada: cincuenta, cien, doscientos, trescientos, quinientos, mil, dos mil, tres mil, cinco mil. Volvió a guardar el sobre..., satisfecho, colocándose de nuevo el sombrero del uniforme de chofer.
Un zoom hacia la placa del vehículo, otro hacia el sobre, hacia el rostro: lo tenía. El paparazzi guardó su cámara y cuando estaba ya presto a tomar un taxi, los secuaces de don Maximiliano, alias "el Papi", lo tomaron a él, no fotografías, sino por sorpresa.
¡Vaya por dios! Mira que pillarle después de llevar esperando justo un mes...¡Pobre paparazzi!
ResponderSuprimirHola:
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Un saludo.
Muy bueno!! Me ha encantado este post! Ahhhhh los papararazzi!....Un abrazo
ResponderSuprimirJe, je, como que los finales felices no siempre rondan por mi cabeza :) Un abrazote, Solateras.
ResponderSuprimirEscritores negros, gracias por la invitación. Saludos.
Otro abrazo para ti, Alma. Gracias por visitarme.
Hummmm.... no pinta bien... Para el papararazzi, digo, eh??
ResponderSuprimirVolveré a ver en que nos dejan al pobre muchacho.
Bicos